La vi una vez, con su vestido café y su cabello rizado, perforación en la nariz y una copa 32b que le causaba conflicto, yo no le cambiaría nada, solamente el hecho de haberla visto sólo una vez. Ella argumentó que se llamaba Julieta, yo le vi cara de Fabiola, pero ella insistió en llamarse Julieta.
Así pues Julieta y yo caminamos juntos hasta la estación del metro, ella dijo que no era de aquí, así que cordialmente me aventuré a invitarla a conocer la ciudad. Caminamos por el Zócalo, visitamos la catedral, Bellas Artes, Minería, la casa del pavo, y el buffete de comida china.
A veces todavía puedo recordar la manera tan contagiosa en que reía mientras me decía “ándale reinito” y después bebía de su vaso y me miraba fijamente a los ojos. Como un momento mágico, de esos interpretados en las películas, yo me cambiaba de lugar para quedar a su lado, ella aún con el vaso en los labios a manera de escudo, se quedaba quieta y me miraba.
A veces no logro recordar si la besé aquella noche, a la luz roja de las velas y con la música de fondo, o si solamente soñé que la besaba. No sé decir si la soñé y la besé en sueños, o sí la besé y soñé después que la besaba.
Pero Fabiola se aferró a llamarse Julieta, y yo me aferré a que la besé aquella noche en su vestido café. A fin de cuentas lo que más deseo es que un día esta historia se vuelva realidad.

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