Al final todo es más claro, pues las cosas complicadas, esas que tenías planeadas hacer en una semana, meses, años o que simplemente lo tenías en la categoría de quimeras inalcanzables, esas cosas, desaparecen lentamente mientras te concentras en observar los segundos carcomiendo poco a poco tu carne hasta robarte la última molécula de aire.
Todo se vuelve simple y de golpe, te llega la certeza de que todos los logros que obtuviste fueron nada y que ese apocalipsis al que llamaste vida no es más que parte de una gran cadena a la que realmente nunca quisiste permanecer.
Al final, la habitación se convierte en una caja que se va encogiendo y aplasta tu cabeza, una caída en picada donde no hay forma de encontrar a que engancharte, es mirar tu sangre en las manos, cuerpo y el rostro de alguien más; es dormir apacible en tu cama o a mitad de la calle mientras no notas como tu sangre se congela, es luchar contra un cáncer que te carcome las entrañas, es morir en todas las formas posibles al mismo tiempo.
Al final, cierras los ojos y pides que exista un dios, pero lo más importante es que exista para salvarte, para perdonar esos miedos que han llegado para recordarte que no mereces la paz, serenidad o tranquilidad ni en el último respiro.


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