SOMBRA azul en los párpados, y delineador negro al rededor de los ojos, solía aplicarse Isabel al maquillarse cada día.
Sin embargo, no necesitaba nada de eso. Ella era realmente hermosa: las proporciones de su cuerpo parecían figurarse a las de un maniquí en aparador de una boutique cara, sus ojos esmeralda hechizaban con sólo verlos, y la finura de sus facciones parecían haber sido esculpidas por un artista en un trabajo artístico de ésos que tardan días enteros en lograrse. Isabel tenía además el fino porte que la mismísima Nefertiti, y el mismo carisma innato que poseía Diana de Gales.
No obstante, ello no le bastaba. Poco parecía importarle poseer aquellas virtudes por las cuales una millonada de mujeres pagan al adquirir y que en posesión de alguien más, otro uso podrían tener.
Isabel no pensaba en ello. Ella estaba concentrada en el odio que sentía por aquella imagen repulsiva que le enseñaron a amar cuando niña: La de un Dios amoroso que extendía su misericordia a una humanidad condenada a adorarle si no quería presenciar su furia. Odiaba además la asimetría del cuerpo humano, debido a la cual los zapatos para el pie derecho terminaban por salírsele al caminar. Y odiaba encima de todo, a los niños y sus regordetas caras expresivas de felicidad.
El DSM IV, y quizá el V, el VI y hasta el DLXXI, -cuando hubiera tales ediciones- catalogarían a Isabel como un individuo con personalidad antisocial, pues no cualquier persona disfruta atemorizar a un menor mostrándole los cuchillos con los que habrá de ser asesinado luego de conseguir se orine en los pantalones, por ejemplo. Sin embargo, incluir a Isabel en esa categoría significaría automáticamente que no podría experimentar emociones ni albergar sentimientos. Y ello estaba lejos de ser real. Ella realmente tenía sentimientos. Odiaba al Dios cuya existencia no le constaba, a los niños que solía atormentar desde que ella dejó de ser uno de ellos y a su pie derecho insignificantemente más pequeño que el izquierdo; experimentaba frenesí y júbilo desbordante cuando atemorizaba a alguien sabiéndose dueña de la situación, y por último, amaba profunda, pútrida, lacerante, insana, intempestiva y casi heroicamente a aquella anciana a quien ni sus hijos podrían profesarle algo similar a la estima o el cariño.
Un día como cualquier otro de no ser porque su retorcida mente abrazaba un plan maestro, Isabel se maquilló con su habitual sombra azul y decidió salir a la calle a poner en marcha ese plan que le aseguraba nunca tener que soportar de nueva cuenta una risa infantil, jamás tener que arrastrar el pie para evitar perder un zapato, y lo más importante: poseer aquello que siempre fue suyo sólo a medias.
Con ello demostraría que efectivamente tenía SENTIMIENTOS.


7 respuestas a “Psicopatía”
Siempre se agredecerá el analizar y mostrarnos, aunque sea un poco, el trasfondo de una mente enferma como la de Isabel, demuestra con ello, los motivos que la hacen encaminar sus sentimientos hacia el odio.
Belleza, Perfidia, Crueldad y Sentimientos unidos?
Wow… esa Isabel…. nunca creí que alguien así eligiera sombras azules en sus ojos.
Muy bien, esto me agrada!!
Esperaba tu historia tambien.
Y decias que no eras buena narradora. 😛
Me gusto, tiene tu toque.
Sabe a Mar. 😛
Saludos.
me la imagine me encantan las sombras azules en las mujeres
Y a mí también me gustó el detalle del pie-zapato.
¡Mar!
Has hecho que me enamora enfermamente de Isabel, esa hermosa psicópata que asusta a los niños.
¡Besos! Anaba esperando tu relato 🙂
Me gustó mucho el detalle del cuerpo asimétrico con lo del zapato.
Mas vale tarde que nunca.
Jojojo, esa Isabel, cuando la puse en mi historia, no la imaginaba tan así… pero ahora, digo que puedo verla con tanto detalle.
(^_^)